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Trabajando en las raíces


La experiencia profesional me hace afirmar que cuando una persona busca ayuda profesional es porque antes ya ha buscado muchos otros tipos de ayuda sin obtener resultados. Y cuando es la familia quien acude en busca de ayuda es que las cosas han ido mucho más lejos.

La joven sentada frente a mí, Ana, era una mujer no mayor de 30, con un cuerpo de modelo y hermosos ojos verdes. Su piel es de un hermoso color miel. Una joven de muy alta clase socio-económica de una ciudad del interior del país, donde su padre es un político reconocido y su madre fue una reina de belleza -hace más de 35 años- en su estado natal.

Tenía vendadas ambas muñecas y su delgadez era extrema. Su cabello hirsuto y descuidado y sus hermosos ojos estaban rodeados por ojeras extremas. Estaba sumida en una severa depresión y temblaba mucho por tomar medicamentos para controlarla. Después de nuestro saludo, un largo silencio que yo respeté. Ella se arma de valor para musitar con una voz apenas audible:
-“Salió en el periódico de la ciudad donde vivo. Salimos los dos. Pero por causas bien diferentes. ¿Sabes? Ni siquiera me llamó.”

Se refería a su intento de suicidio y a su novio que la dejó con todos los preparativos para la boda listos respectivamente. Habían formalizado el compromiso hacía 8 meses. Ella lo amaba apasionadamente. Había sabido de sus repetidas infidelidades,  pero ella se las había perdonado, después de todo, él era un “chico bien” y más valía que hiciera sus “travesuras” antes y no después de la boda, según la mamá de esta joven. Al fin y al cabo, el padre de esta chica –su esposo– le había sido infiel muchas veces y para esta mujer de cincuenta y tantos, la infidelidad era parte del paradigma del matrimonio. Ella también amaba a su marido apasionadamente. Y actuaba como quien tiene el mapa equivocado, pero no lo sabe. Y les transmitía a sus hijas (tres) el mismo mapa. ¿Cómo darles a ellos el mapa que ni ella conocía?



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